Por Jimena Monjarás Guerra (jmg[at]cedhmx.org ︱ @jimenamg).

Diré algo que no es nada nuevo. En México hay un grave problema de violencia contra las mujeres. Y aunque haya memes, videos, o artículos de hombres explicando (“manxplicando”) que ya se ha conquistado mucho y que la situación en nuestro país no es tan terrible como en Arabia Saudita—dichosas nosotras—, la realidad es que hoy por hoy México es uno de los países con mayores índices de violencia contra las mujeres. El fenómeno no distingue lugar de origen, nivel educativo, ni estrato social. No entraré en este post en detalles y estadísticas al respecto. Lo que sí quiero abordar es la rapidez con la que se asume que una víctima de abuso físico, violencia sexual, discriminación por género o acoso, miente o al menos exagera.

Hace unas semanas Amber Heard, esposa de Johnny Depp, pidió una orden de restricción contra el actor argumentando haber sido víctima de abuso físico. A pesar de presentarse en la corte con moretones en la cara y otras pruebas, las reacciones defendiendo al actor no se hicieron esperar. Con enorme facilidad los comentadores profesionales de Internet y algunos reportes descalificaron a la actriz tachándola de mentirosa, chantajista, y caza fortunas oportunista. Éste, lejos de ser una anécdota exclusiva de las revistas de chismes de la farándula, es un caso sintomático que refleja lo que viven muchísimas mujeres sin la visibilidad de Heard: aquellas que levantan la voz son, con frecuencia, doblemente victimizadas. Primero por el acto violento en sí, y luego por la falta de credibilidad de sus allegados, de la sociedad en general y, de manera preocupante, de las autoridades.

¿Cuestionaríamos a quien cuenta que caminando en la colonia Doctores de la Ciudad de México—famosa por su inseguridad—le asaltaron a punta de pistola? No, pues es bastante plausible. ¿Hay quien ha fingido un asalto para llamar la atención o tomar alguna ventaja? Sin duda habrá algunos casos por ahí. Sin embargo, no por lo segundo nos parecería evidente cuestionar la veracidad de lo primero, sobre todo si la estadística está del lado de la víctima. ¿Por qué entonces, si dos de cada tres mujeres en México han sido víctimas de violencia de género de algún tipo, nos parecen tan inverosímiles sus relatos particulares?

No es inusual que se asuma que un hombre con al menos una cualidad—buen actor, buen papá, buen empleado, buen maestro, buen amigo—es incapaz de ser violento, pero que a una mujer que acusa siempre se le presuma mentirosa, exagerada, o con intenciones ulteriores a protegerse o buscar justicia. La presunción de inocencia es sin duda parte fundamental de un sistema de impartición de justicia funcional, sin embargo, también debería serlo la presunción de veracidad del testimonio y las pruebas que presentan las víctimas.

Cae en lo repugnante la facilidad con la que muchos meten las manos al fuego por los supuestos agresores, acosadores y violadores. “Cómo te va a haber golpeado si yo lo conocí una vez y se veía bien buena gente;” “cómo te va a haber acosado/discriminado en el trabajo si quiere mucho a sus hermanas;” “cómo crees que la violó si yo conozco a toda su familia y son encantadores.” Son argumentos que se repiten una y otra vez cuando alguna mujer se atreve a levantar la voz. ¿El resultado? No hay incentivos para seguir haciéndolo.

Por doloroso e increíble que resulte, es muy probable que todos conozcamos, quizá sin saberlo, a muchas víctimas de acoso y violencia física, sexual, psicológica o económica y, por lo tanto, a muchos victimarios. Los hombres violentos no son monstruos que viven en un callejón oscuro o debajo de un puente. Son con enorme frecuencia nuestros colegas, jefes, amigos, maestros o parejas. Incluso en los círculos más educados y progresistas hay mujeres víctimas de hombres educados y progresistas.

Las víctimas de abuso y violencia son de manera intrínseca vulnerables. Es inaceptable que también lo sean al momento de denunciar, siendo cuestionadas sobre la veracidad de sus declaraciones e incluso inculpadas en los Ministerios Públicos, como cuando en la ya mencionada colonia Doctores son secuestradas y violadas (por poner un trágico ejemplo real). De 120 mil casos de violación estimados en México en 2015, solo se presentaron 15 mil denuncias y no pasan de 4 mil las que resultaron en consignación del culpable. Por supuesto que esta cifra negra en la impartición de justicia no es exclusiva de los casos de violencia contra las mujeres, pero destaca que incluso a pesar de la creación de fiscalías especializadas para la atención de delitos contra las mujeres y del reconocimiento de la gravedad del problema, estas cifras se mantengan.

La Ciudad de México nos regaló hace unas semanas un bonito ejemplo de la profunda ignorancia de nuestros gobernantes con respecto a esta realidad. Como política para reducir el acoso sexual en las calles, el ocurrente gobierno capitalino tuvo a bien repartir silbatos para que quienes se sientan agredidas o en peligro en las calles puedan “llamar la atención y generar empatía.” ¿Creerán que gritar, por ejemplo, no sirve para llamar la atención? Y en dado caso, ¿cree el gobierno que el problema es que las mujeres no llamamos la atención lo suficiente a pesar de gritos, reclamos y marchas? Me gustaría preguntarle a la administración de Mancera: y cuando llegue la autoridad, cuando logremos llamar la atención, ¿ya nos creerán?

El problema no es que nadie se dé cuenta de que las mujeres son agredidas con frecuencia, sino que, por un lado, muchas de estas agresiones no se consideran algo grave (es decir, están normalizadas), y por el otro, que de manera sistemática a las mujeres no se les cree. Ni hablar ya de la falta absoluta de una política integral de atención al problema. Haríamos bien en empezar por dejar de defender a los agresores por sus cualidades, en crear incentivos para que las mujeres víctimas denuncien y en fomentar ambientes seguros para quienes se atreven a levantar la voz. O ya de perdida darles el beneficio de la duda en lugar de silbatos.

 

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