Por Daniel Vázquez (sdv[at]cedhmx.org︱@danielvazquezh).

En el contexto en el que crecí—la clase media mexicana—las protestas y manifestaciones estaban muy mal vistas. De joven, nunca participé en una marcha. Jamás llevé a cabo actos de desobediencia civil. Quizá firmé alguna petición, pero más por la insistencia y la pena de decir que no que por un interés genuino. Las personas a mi alrededor decían que las manifestaciones eran para acarreados que no tenían trabajo. En general, se referían a dichos incidentes como las causas del desorden y tráfico y se lamentaban de los impactos económicos de dichas “molestias”. Aunque no recuerdo que nadie haya explícitamente criticado a los zapatistas, lo más positivo que noté fue una curiosidad superficial, una fascinación por su imagen.

Cuando la violencia en México escaló y afectó a una porción más amplia de la sociedad, vi a algunos de mis amigos marchar por primera vez, exigiendo la paz y la seguridad. Yo, junto con muchos, permanecí al margen. Aunque consideraba estas demandas pertinentes y de sentido común, participar me seguía pareciendo una pérdida de tiempo. ¿Qué diferencia podía hacer un cuerpo más, una pancarta más? Sentía que mi contribución sería una gota de agua dulce en un mar de agua salada.

No era que el mundo a mi alrededor no me importara. Todos esos años intenté contribuir a un mundo mejor. Realicé todo tipo de servicio social. Ayudé en colectas para zonas de desastre, pinté escuelas y hospitales, jugué con niños en orfanatos e hice pantomimas en un sanatorio de niños quemados, di cursos pro bono y doné en dinero y especie a varias asociaciones. En pocas palabras, le di varias vueltas al circuito de asistencialismo que te hace sentir buena persona pero aporta poco a la solución de los problemas sistémicos. Siempre sentí que no hacía lo suficiente, pero participar en protestas nunca cruzó por mi mente.

La primera vez que me entusiasmé por un movimiento de protesta fue de forma visceral y desinformada. El resultado fue un horrible sentimiento de vergüenza cuando caí en cuenta que dicho movimiento era una expresión del complejo de mesianismo blanco y del intervencionismo estadounidense. Una vez, por accidente, crucé por donde una marcha empezaba y, como estaba de acuerdo con la causa, me uní, aprendí y me sentí “empoderado,” pero mi escepticismo persistió.

Aunque me da un poco de pena confesar todo esto, pues quisiera decir que llevo veinte años de activismo político y no uno y medio, mi experiencia no es única. Es quizá, la norma en varios estratos socioeconómicos privilegiados por cierta seguridad económica y acceso a la educación formal. Sin embargo, ahora que el agua ya nos está llegando al cuello a todos (y no sólo a los grupos más vulnerables de la sociedad), que hasta las clases privilegiadas se empiezan a sentir incómodas e impotentes, a nadie (sobre todo en México) le es suficiente la queja inconsecuente, el retweet o “me gusta,” el análisis político amateur. Todos queremos hacer algo más, pero aún nos dividen nuestros prejuicios e ignorancia.

Hoy quiero poner mi granito de arena y responder brevemente y de manera provisional, tres preguntas:  1) ¿Qué es una protesta? 2) ¿Qué actos de protesta existen y qué lógica siguen? Y 3) ¿Cuándo están justificadas? La primera pregunta la voy a responder con una definición bastante amplia (basada en Opp, 2009, p. 38):

Una protesta es una acción colectiva dirigida a lograr una meta o metas a través de influenciar las decisiones de otra persona o grupo.

De esta forma, las protestas pueden variar en grado de organización y regularidad, ser legales o ilegales, violentas o pacíficas, justificadas o injustificadas. En el contexto de los movimientos civiles, las protestas tienen un valor fundamental porque constituyen un recurso político al alcance de los grupos vulnerables y sin poder (Lipsky 1965).

Las acciones de protesta son de muchos tipos. Una de las formas en las que se pueden clasificar es distinguiendo actos de protesta activa (en donde se realiza alguna acción específica, como una marcha o bloqueo) y de protesta pasiva (se deja de hacer algo, como pagar impuestos o cumplir con una ley). Los actos de protesta activa se subdividen entre disruptivos (que interrumpen la vida cotidiana) y cívicos (que llaman la atención sin alterar el orden). Muchos de estos actos tienen como finalidad un cambio concreto, pero algunas sólo tienen un papel simbólico.

De acuerdo a Della Porta y Diani (2006, p. 172-178), los actos de protesta también se pueden distinguir por el tipo de lógica que siguen:

La lógica de los números: entre más participantes, más poder. Es una lógica democrática que presupone que la opinión de las mayorías debe ser implementada. Los actos de este tipo intentan, por ejemplo, influenciar la opinión pública y comunicar a los gobiernos que ignorar las demandas tendrá un costo en votos en la siguiente elección. Ejemplos: marchas y firma de peticiones.

La lógica de los daños: causar daños materiales o desorden como medio instrumental y simbólico para lograr las metas. Es una lógica análoga a la guerra, en donde se intenta, por ejemplo, rechazar simbólicamente a un gobierno opresor o detener alguna medida específica. También sigue una lógica de mercado. Apuesta a que la pérdida de dinero sea más costosa que acceder a las demandas de los protestantes. Su utilidad es limitada pero significativa dado que obtiene mucha atención de los medios. Puede ser organizada y pacífica o desorganizada, violenta e ilegal. Ejemplos: huelgas, boicots y disturbios callejeros.

La lógica de dar testimonio: demuestran un fuerte compromiso a un objetivo considerado vital para la sociedad. Los participantes suelen estar dispuestos a correr graves riesgos físicos para transmitir su mensaje. Ejemplos: desobediencia civil, romper leyes injustas, resistencia pasiva ante la policía.

Para obtener una buena cobertura, una protesta tiene que ser numerosa, utilizar tácticas radicales y ser innovadora (McCarthy, McPhail and Smith 1996). Para tener éxito, necesita de una amplia variedad de acciones, persistencia y muchas veces, que grupos de presión nacionales e internacionales (como la ONU, los gobiernos de otros países, Human Rights Watch o Amnistía Internacional) se declaran en su favor. 

Esto aún no responde cuándo una protesta es justificada o no. La respuesta sencilla es cuando sus metas y demandas son justas y cuando sus acciones y métodos respetan los derechos humanos. Sin embargo, muchas veces, qué es y qué no es justo está a discusión. Y dado que nadie tiene la última palabra acerca de este tema, lo mejor es dar cabida al mayor número de protestas, pues estos actos son también parte de la discusión necesaria para una democracia. Por otro lado, que algunas acciones de protesta irrumpan el orden, causen una pérdida económica o material y rompan alguna ley no las invalida necesariamente, pues nada de esto implica, por definición, violar los derechos humanos de nadie.

Mi aversión por las protestas era una expresión de mi ignorancia y mi privilegio de no ser una víctima de abusos y atropellos. Mi creencia en su ineficacia se debía a que juzgaba actos de protesta específicos sin entender su lógica y cómo se enmarcaban en un movimiento más grande. Ponderando la situación mundial (la crisis de refugiados, las guerras, el triunfo de Trump, la esclavitud moderna, el racismo, la violencia de género, la pobreza y la desigualdad) me parece que Owen Jones expresaba cuál es nuestro deber ciudadano de manera muy adecuada. Cuando nuestros hijos y nietos nos pregunten qué hicimos en esta época tan difícil de la historia, de qué manera luchamos contra tantas injusticias, más nos vale tener una muy buena respuesta al respecto. 

Referencias

– Della Porta, Donatella y Diani, Mario. 2006. Social Movements: an Introduction. Blackwell (2nd ed.).
– Lipsky, Michael. 1965. Protest and City Politics. Rand McNally & Co.
– McCarthy, John, McPhail, Clark and Smith, Jackie. 1996. Images of Protest: Dimensions of Selection – Bias in Media Coverage of Washington Demonstrations, 1982 and 1991. American Sociological Review, 61, 478–99.
– Opp, Karl-Dieter. 2009. Theories of Political Protest and Social Movements. Routledge.

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