(yosj[at]cedhmx.org︱@menudafurcia)

Anteriormente en el blogDaniel advirtió que escuchar implica un esfuerzo activo. Pero ese esfuerzo, si se quiere hacer justicia a las víctimas de violencia, tiene que ser político; esto quiere decir que escuchar a las víctimas –realmente escucharlas como se señaló– es un deber además de ético, cívico. Las reflexiones que aquí señalaré son discusiones que giran en torno al tema de la injusticia desde dos autores concretos: Judith Shklar y Reyes Mate; para ambos autores si se pretende hacer justicia a las víctimas es necesario partir de éstas y para ello es necesario saber escuchar.

El problema con no saber escuchar va más allá de provocar la victimización, tiene consecuencias importantes como el no poder reconocer a las víctimas. Para ello debemos entender que la injusticia o la violencia que ha reducido a los sujetos a víctimas no siempre encaja en los códigos legislativos vigentes, es decir, no siempre las víctimas son víctimas porque ha habido un atentado a sus bienes jurídicos. La víctima, en sentido práctico, es la que vive una injusticia y para entenderla es necesario escuchar. El tema resulta jabonoso y muchas veces incómodo, pues la vivencia de la injusticia atiende a la experiencia subjetiva,[1] por ello lo que algunos pueden vivir como una injusticia otros lo pueden ver como un infortunio, [2] como un capricho del azar o como una situación desafortunada donde el “culpable” es la propia víctima; decantarse por cualquiera de las dos opciones –en el caso de no ser quien experimente la injusticia- es una decisión meramente política, pues asumir que algo es una injusticia y no una desventura obliga a señalar un responsable –que no quiere decir un culpable-. La complejidad y la incomodidad del tema también reside en que no existe una regla o norma que podamos seguir para discernir una de otra, ahí radica la importancia de la escucha.

Ahora bien, no siempre resulta tan fácil discernir entre una u otra postura, podríamos pensar en algún evento que de entrada podría parecer fruto de la naturaleza, como la hambruna provocada por sequías, sin embargo las víctimas viven ese evento como una injusticia. Este es el caso de los pueblos Tarahumaras de México que en el 2011 y 2012 pasaron hambruna debido a la sequía que provocó la escases de alimentos, sin embargo fue la falta de ayuda oficial y la presencia de grupos criminales en la región lo que ocasionó que muchos rarámuris murieran por la hambruna y que incluso se quitaran la vida debido a su situación.

Para poder estar abiertos a la escucha es necesario que tengamos presente, primero, que la víctima vive algo más que una regla rota; los desastres o las injusticas son percibidas por las víctimas de manera muy distinta a quienes pudieran ser sus verdugos, o incluso por los propios observadores quienes, de alguna manera, pudieran evitar o mitigar el sufrimiento de las víctimas. Es verdad que a veces, por las causas mismas de ciertos fenómenos, es imposible evitar un desastre, pero sí es posible impedir un dolor mayor a causa de dichos desastres y esto se concreta con la aplicación correcta de políticas públicas y con la denuncia ciudadana en caso de corruptelas. Pensemos en otro ejemplo, en un terremoto en donde hay un importante derrumbe de edificaciones; el terremoto es un evento natural. Sin embargo, quizá se hubiera podido evitar la caída de diversas construcciones si las constructoras hubieran atendido a las normas de construcción, como sucedió en el terremoto de 1985 en México en donde las propias víctimas realizaron las pesquisas y demostraron toda una serie de corruptelas que derivaron en una de las mayores tragedias de la Ciudad de México. No es causalidad que el 83% de todas las muertes ocasionadas por colapsos de edificaciones durante sismos se hayan dado en países particularmente corruptos.

¿Cómo podemos saber, entonces, cuándo se trata de una injusticia o de un infortunio? Tanto la politóloga como el filósofo, de los que parto, advierten que es necesario atender a ese grito que emite la víctima: “¡Esto no es justo!”. Este grito es la punta de lanza para prestar atención a lo que la víctima nos está diciendo para luego valorar su testimonio y actuar según entendamos la situación. Para ello debemos quitarnos no sólo los prejuicios si no, de entrada, darle nuestro voto de confianza a quien así lo reclama y presumir su inocencia. Esto es precisamente lo contrario a lo que ocurre en México, actualmente, con la guerra contra el crimen organizado: se suele asumir que la víctima andaba en “malos pasos”. Pero aquí es importante tener cuidado, pues no todo el que experimenta un acontecimiento como injusticia es necesariamente una víctima. Por otro lado también puede ocurrir que las víctimas experimenten esa injusticia como si se tratara de su propia culpa como en el caso de la violencia doméstica. No se trata, pues, de caer en el victimismo, sino de darle el peso justo a las cosas y, en consecuencia, actuar; para ello ya Daniel nos dio algunas pistas.

Esa actuación debemos entenderla como un deber ciudadano, no podemos encerrar la escucha sólo a un acto moral que se queda en el plano personal, pues, de lo contrario, me parece que nos quedaríamos sólo en el “apapacho” de las víctimas. No es suficiente con darles la razón y admitir que lo que viven no es fruto del azar o, incluso, de alguna catástrofe natural, es necesario, dentro de nuestras posibilidades, hacer que los responsables reparen el daño y que, incluso, nosotros mismos nos demos cuenta de que es probable que también nosotros mismos formamos parte de esa injusticia y entonces, será necesario que cambiemos. No existe, como ya he dicho, una norma que podamos seguir para entender la situación de las víctimas, sin embargo, como señalan Shklar y Mate, no tomar en consideración ese primer grito a la hora de tomar nuestra decisión sobre si es un infortunio o no, resultaría también otra injusticia.

De lo que se trata, finalmente, es de rechazar las injusticias como algo que es parte de la vida cotidiana. No escuchar a las víctimas nos hace a los ciudadanos responsables de su situación, particularmente cuando solapamos las malas actuaciones de nuestros gobiernos. Por tanto, el sufrimiento que se le causa a una víctima no consiste exclusivamente en atacarla directamente sino en ignorarla. Somos responsables de su sufrimiento cuando decidimos no denunciar y movilizarnos contra las injusticias que experimentan (incluso una promesa rota por parte de los políticos puede ser vivida como una injusticia); somos malos ciudadanos cuando sólo nos limitamos a seguir las normas convencionales y no hacemos algo para detener leyes o reformas que sabemos que son torpes o crueles para algunos; somos pésimos ciudadanos cuando miramos hacia otro lado y no informamos de fraudes o delitos como los robos menores o bien, cuando toleramos la corrupción política. No actuamos como deberíamos actuar cuando preferimos ver mala suerte ahí, donde las víctimas sienten injusticia. Si no escuchamos a las víctimas y no formamos parte activa de la vida pública, las injusticias seguirán ahí y las víctimas seguirán siendo invisibilizadas y victimizadas.

 


 

[1] La discusión en esta entrada no tiene que ver con el tema de la injusticia, sin embargo, para poder comprenderla mejor es necesario dar algunas luces. Los dos autores que aquí utilizo buscan dar otras lecturas a las teorías que existen de la justicia y parten del análisis de una experiencia fundamental: el de la injusticia. Advierten que es difícil hacer teorías sobre lo que es la injusticia –a diferencia de la justicia- pues ésta es algo que se vive, se experimenta y se reconoce –particularmente en primera persona- sin tener un conocimiento teórico de lo que es, es decir, es algo previo a toda reflexión. Hablar de teorías implicaría encerrar esa experiencia en una idea metafísica lo que dificultaría aprehender el dolor y la indignación que son el resultado de esa primera experiencia. El tema de la injusticia ha sido poco abordado por los filósofos, su importancia cobra sentido siempre en relación a la justicia y ha quedado, muchas veces, señalada como la ausencia de la justicia. Se piensa que en tanto exista justicia ésta desaparecerá, por ello la reflexión sobre la primera ha tomado mayor importancia. Bien dice Shklar, una cosa es lo que filósofos y politólogos pueden decir sobre la injusticia y otra cosa es lo que un ciudadano de a pie vive y siente. Esto nos obliga a leer la justicia y la injusticia más allá del campo juridicista, que es desde donde solemos aprehenderlas.

[2] La obra de la politóloga Shklar, Los rostros de la injusticia, gira en torno a la distinción entre desventura e injusticia y, advierte, que ésta no se puede dar de manera clara y que no existe una línea definitiva que pueda separar una de la otra. Dice que la diferencia entre una y otra implica nuestra disposición y capacidad para actuar –o no actuar- en nombre de las víctimas. De ahí la importancia de escuchar a las víctimas.