Por Jimena Monjarás Guerra (jmg[at]cedhmx.org@jimenamg).

Tardé varios días en procesar los resultados de la pasada elección estadounidense. Nunca un resultado electoral me había producido genuina tristeza y angustia. Tal vez porque habiendo vivido la mayor parte de mi vida en Latinoamérica, estaba acostumbrada a que todas las opciones fueran igualmente detestables; a que las elecciones en realidad no significaran mucho; y a que las ideologías partidistas fueran las mismas en la izquierda y la derecha. Y no es que la estadounidense sea de ninguna manera una democracia ejemplar, pero una parte de mí se creyó el cuento de que los avances en derechos civiles y garantías individuales no le permitirían a un candidato con el discurso de Trump tener tantos adeptos. Otra parte de mí, en cambio, sabía muy bien del racismo, la misoginia, la xenofobia y el desprecio por la verdad de una enorme parte del electorado estadounidense.

Más que el propio ganador de la contienda y el muy cuestionable equipo de trabajo que ha conformado, es importante destacar la tensión social que la elección produjo. La campaña tuvo como propuestas centrales el ataque a los derechos y libertades de grupos minoritarios, la criminalización de los hispanos y musulmanes, la promesa de un muro cargado de simbolismo, el desprecio explícito por las mujeres, y un desagradable y largo etcétera. En los días posteriores a la elección, los crímenes de odio y el acoso en espacios públicos por origen étnico, racial, o religioso, aumentaron de manera dramática. Con el ascenso y posterior victoria de Trump, se normalizó y ganó popularidad el discurso de grupos como el “alt-right”, nombre que han adoptado grupos neo-nazis y de supremacía blanca.

Pasada la elección, surgieron voces que, llamando a la unidad y tratando de explicar los resultados, justificaron las posiciones racistas y de desprecio por las minorías que llevaron a los votantes blancos estadounidenses a preferir “hacer América grande otra vez” (lo que sea que eso signifique); que les perdonaron la ceguera ante los datos duros sobre la migración, por ejemplo, bajo el pretexto de que “ellos también han sufrido.”

Un sin fin de artículos se volcaron a analizar los problemas que enfrenta la clase blanca trabajadora, que—es verdad y es preocupante—hoy presenta mayores índices de pobreza, desempleo y marginación que nunca antes. Sin embargo, muchos de esos análisis no tomaron en cuenta que siguen siendo las minorías quienes permanecen aún más marginadas, más desempleadas y más pobres. Por otro lado, estos análisis sugieren que es el sistema quien le ha fallado a la población blanca de la “América real,” mientras que son fallos intrínsecos de los grupos o razas menos favorecidos los que los mantienen en condiciones de marginación.

Es cierto que la población blanca ha visto decrecer sus niveles de bienestar, pero las causas de ello—como la automatización de procesos industriales, por ejemplo—también han afectado a las minorías, sumándose a todos los otros factores que contribuyen (y han contribuido históricamente) a que éstas últimas no logren mejorar sus condiciones de vida.

De acuerdo con el Brookings Institute, 1 de cada 5 hogares de familias negras no cuenta con seguridad alimentaria, en comparación con 1 de cada 10 familias blancas. A pesar de tener tasas de uso de marihuana similares, una persona negra es 3.5 veces más propensa a ser encarcelada por posesión que una persona blanca. La tasa de desempleo entre la población negra es 2 veces mayor que el desempleo entre la población blanca. A pesar de contar con tasas de desempleo similares, el ingreso promedio de la población de origen latino es aproximadamente la mitad que el de la población blanca.

Es decir, no es justo analizar por qué la población blanca se siente desprotegida y marginada (tal vez con razón) si no se toma en cuenta que estos mismos factores han marginado a otras comunidades en mayor medida y por mucho más tiempo. En nada ayuda encontrarle justificación a quienes, en el mejor de los casos, prefirieron ignorar el discurso de odio, si no se toma en cuenta que la población blanca se ha beneficiado históricamente de la opresión y la marginación sistemática de las minorías. Sin duda la pobreza y la desigualdad también existen entre la población blanca estadounidense, pero justificar el odio, la xenofobia, la misoginia, y el racismo por ello, atenta contra los derechos humanos de los migrantes, de las minorías y de las mujeres.

En términos de lo que la nueva administración representa para los derechos humanos, existe enorme consternación. Las declaraciones y tweets del nuevo presidente preocupan a activistas e instituciones de defensa de los derechos humanos. Las actitudes de Trump para con la prensa (por mencionar un caso ilustrativo) deben levantar alarmas con respecto a lo que nos espera en su gobierno.

Y es que no es claro que en esta ocasión el sistema de pesos y contrapesos estadounidense pueda impedir que de hecho se diseñen e implementen políticas públicas que contravengan los derechos humanos. Dada la influencia estadounidense en la esfera internacional, con enorme probabilidad no serían sólo los derechos de los estadounidenses aquellos que se verían violados, sino los de los ciudadanos de muchos otros países (empezando por México y sus migrantes).

Mañana toma posesión Donald Trump. Se aproximan cuatro (posiblemente ocho) largos y difíciles años para las minorías en Estados Unidos, entre ellas los cerca de 35 millones de mexicanos y mexicoamericanos que aquí viven. Es erróneo pensar que negociar con una administración intransigente es una estrategia eficaz para cambiar su percepción, especialmente si el desprecio por ellos fue crucial para asegurar su victoria.

No es momento de llamar a la unidad sin imponer condiciones. Por el contrario, es momento de levantar la voz y denunciar el odio en cuanto se detecte; de exigir a los gobiernos y organismos internacionales acciones reales que frenen que las ideas de odio y nacionalismo beligerante sigan propagándose disfrazadas de patriotismo; de estar alerta ante las violaciones de derechos humanos; de seguir exponiendo los datos duros a pesar de la renuencia de la sociedad a creerlos.

 

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