Por Yearim Ortiz San Juan (yosj[at]cedhmx.org ︱ @menudafurcia).

Son pocos los trabajos en torno al fenómeno de la población que sobrevive en los espacios públicos de las ciudades de México. A pesar de los esfuerzos realizados por organizaciones de la sociedad civil, poco se ha hecho en materia de políticas públicas y de Derechos Humanos. El problema radica, me parece, en que es un sector social ‘invisibilizado’ y estigmatizado lo que ha ocasionado que se sepa muy poco del fenómeno y que prevalezcan en la sociedad ideas erróneas que terminan por excluir, todavía más, a la gente que ha hecho de la calle su hogar. Como explicaré más adelante, las diversas categorías utilizadas para analizar la situación son uno de los factores que han impedido que el fenómeno pueda ser dimensionado y que por lo tanto la población callejera siga siendo excluida y castigada por su condición.

El concepto de “niño de la calle” tomó relevancia en la década de los 80 gracias a los trabajos realizados por la UNICEF sobre los niños trabajadores en México. Este término aglutinó dos distinciones: los “niños en la calle” y los “niños de la calle.” El primero hacía referencia a niños (y niñas) que trabajaban en la calle pero que vivían con su familia. El segundo denominaba a niños que además de trabajar en la calle, tras haber roto los vínculos familiares, la hicieron su hogar. Ahora bien, el objetivo de estudiar la población infantil trabajadora dejó encerrado al fenómeno de los “niños de la calle” dentro del espectro económico, pues se advirtió que la pobreza y la precarización de las condiciones de vida de las familias habían sido los factores principales que habían provocado el trabajo infantil y su expulsión hacia la calle.

En las décadas posteriores, diversos programas gubernamentales retomaron el concepto y buscaron dar una salida a la problemática. Sin embargo, ésta no se vio como un fenómeno particular sino que se integró dentro de programas más amplios como el Programa del Menor en Situación Extraordinaria y el Programa de Menores en Circunstancias Especialmente Difíciles (véase aquí). Con el paso del tiempo se observó que la terminología era particularmente estrecha, primero porque ocultaba al sector femenino y segundo porque no visibilizaba a los adolescentes y/o jóvenes. Así, se planteó que la población objetivo serían sujetos, hombres y mujeres, de entre 0 y 18 años. El DIF y la UNICEF han seguido sus estudios en esa área, pero ahora hablan de niñas, niños y adolescentes trabajadores en México.[1] Las conclusiones a las que han llegado es que el fenómeno tiene que ver con la pobreza y con la violencia dentro de la familia; el porcentaje más alto de los niños, niñas y jóvenes que decidieron vivir en la calle mencionaron como causa principal el mal trato en el hogar.

Sin embargo, incluso esta nueva terminología ha provocado, sin querer, que el fenómeno de las poblaciones callejeras no pueda ser aprehendido en toda su complejidad. Las personas que habitan la calle no se reducen sólo a los menores de edad, también hay adultos, jóvenes –y ésta población es la que más ha aumentado en los últimos años– y adultos mayores; segundo, no todos los niños y niñas que habitan la calle han roto vínculos con sus familias, incluso hay familias que viven en la calle. Han sido los estudios de corte sociológico y cualitativo los que han permitido ver el fenómeno desde otra arista.[2]

La idea del “niño de la calle” adquirió popularidad y a partir de ésta se han ido construyendo imágenes y prejuicios sobre quiénes habitan la calle. Por ejemplo, al pensarlos como sujetos de la calle se asume que no poseen una filiación, como si desde siempre hubieran sido de la calle y por lo tanto le pertenecieran a ella; en ese sentido, han sido pensados como sujetos sin amor (como bien reza la popular canción El niño sin amor), abandonados, no-deseados, desamparados y huérfanos. Esto ha provocado que el trabajo realizado con dicha población sea más de corte asistencialista. Con respecto a los jóvenes que viven en la calle se ha construido en torno a su imagen la figura del vago[3] pues se puede justificar que un niño abandonado mendigue en la calle, pero no un joven que supuestamente cuenta con la vitalidad para tener un trabajo “decente.” Así, se les ha tachado de parásitos sociales, delincuentes y drogadictos (aunque la última también aplica para los niños y niñas) y, en ese sentido, se les considera un problema de seguridad. Al respecto vale la pena mencionar el trabajo realizado por la Secretaría de Salud Pública del Gobierno Federal que advierte que dicha población ha aprendido a provecharse de las organizaciones y demás proyectos gubernamentales y resuelve sin esfuerzo todas sus necesidades, además su propia condición muchas veces la orilla a cometer delitos –pues son vagos drogadictos. Estas construcciones sociales afectan la elaboración de políticas públicas, pues se debe pensar si éstas deben ser implementadas desde una visión de derechos humanos o desde una visión de seguridad pública. Finalmente, la imagen del adulto mayor es concebida como la de un indigente.

Desde principios de siglo el concepto fue relegado –aunque popularmente se siga nombrando como “niños de la calle” a la población no-adulta que la habita– y se comenzó a utilizar la categoría de niños, niñas y jóvenes en situación de calle (o alguna variante). Ésta ayudó a entender el fenómeno más allá del aspecto económico y de la perspectiva de los niños trabajadores. Sin embargo, sigue ocultando los derechos que le deberían de ser restituidos a dicha población;[4] sin duda, el término fue un progreso pero deja fuera muchas otras realidades como su situación de exclusión social.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos del Distrito Federal retomó de las sociedades civiles–particularmente de El Caracol A.C.–el término “poblaciones callejeras”. Éste ayuda, primero, a comprender que se trata de un mundo de personas que habitan la calle –niños y niñas, jóvenes, adultos y familias–, segundo, hace referencia a una especie de “cultura callejera,”[5] pues éstos generan entre sí lazos de amistad, de solidaridad y una forma de organización que les permite sobrevivir; finalmente, aleja la idea de sujetos pasivos y abandonados, pues muchos de éstos conservan sus lazos familiares e incluso pasan temporadas con ellos en sus casas. La idea de “población callejera” pretende dotar de sentido el significado de “callejero” como exclusión social, es decir, “población excluida socialmente;” con esto se entiende que el que habita la calle no está solamente en una situación de pobreza y/o abandono, sino que ha sido sujeto excluido socialmente y por ello habita la calle. Los que defienden este nuevo término–que implica un nuevo paradigma–advierten que los otros conceptos se quedan sólo en el aspecto económico y los problemas que aglutinan tienen que ver más con el consumo de sustancias, con el trabajo infantil y con la violencia familiar, y por ello, asumen que es un problema “pasajero” que se puede remediar con una educación formal y la prevención del consumo de drogas. Esto ha traído consecuencias como la institucionalización forzada y la separación de los menores de sus familias. Por el contrario, con la categoría de “poblaciones callejeras” se busca aprehender el fenómeno también desde los contextos socioculturales que han propiciado que se prefiera vivir en la calle–como las redes de amistades, y la exclusión de la comunidad–hasta el personal (en donde cada sujeto tiene su propia historia de vida), pasando también por las instituciones como la escuela y la familia.

Es importante tomar en cuenta estas reflexiones si se quiere entender a la población callejera. Por eso, el primer paso es conocer las categorías que han intentado aprehender el fenómeno, antes de hablar sobre sus experiencias y las condiciones límite en las que viven día a día, porque es necesario empezar por deshacernos de viejos prejuicios que hasta la fecha siguen impidiendo que dicha población sea visibilizada en toda su complejidad.

 

 

Bibliografía

Arroyo Casanova, Rosío. Niños de la calle: desarticulación entre la política pública social y derechos humanos en el Distrito Federal. 1990-2007, Tesis de licenciatura, UNAM-Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, México, 2007, 499 pp.

Cornejo Portugal, Inés. “Los hijos del asfalto. Una prospección cualitativa a los Niños de la Calle”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, mayo-agosto 1999, vol. 6, núm. 19, pp. 207-242.

Domínguez, Mario, Martha Romero y Paula Griselda. “Los ‘niños callejeros’. Una visión de sí mismo vinculada al uso de las drogas”, Salud Mental, junio 2000, vol. 23, núm. 3, pp. 20-28.

Makowski, Sara (coord.). Niños, niñas, adolescentes y jóvenes en situaciones de calle. Elementos para repensar las formas de intervención, México, Editorial Lenguraz, 2008, 87 pp.

Martínez Lanz, Patricia, Mariana Rosete Rubio y Renata de los Ríos Escalante. “Niños de la calle: autoestima y funcionamiento yoico”, Enseñanza e Investigación en Psicología, julio-diciembre 2007, vol. 12, núm. 2, pp. 367-384.

 

Otras fuentes

Caracol A.C., El. Relatoría especial sobre el derecho a una vivienda adecuada, México, 25 de septiembre de 2015.

DIF y UNICEF. 2º Estudio en cien ciudades de niñas, niños y adolescentes trabajadores en México, 2002-2003. Informe ejecutivo, México, SNDIF-UNICEF, abril 2004, 66 pp.

INEGI, El trabajo infantil en México. 1995-2002, México, INEGI, 2004, 116 pp.

_____, Resultados del Módulo de Trabajo Infantil (MTI) 2013. Encuestra nacional de ocupación y empleo, México, INEGI, 2014, 189 pp. (aquí la liga para ver las publicaciones de todos los años del trabajo del INEGI).

SEDESO e Instituto de Asistencia e Integración Social, Censo ‘Tu también cuentas IV’, México, 2011-2012.

Secretaría de Seguridad Pública y Gobierno Federal. Niños, adolescentes y jóvenes en situación de calle, México, SSP, abril 2011, 18 pp.

 

[1] Uno de los trabajos más importantes debido a que es de los más completos es el Estudio de niños, niñas y adolescentes trabajadores en 100 ciudades. Se trata de la elaboración de un perfil demográfico, socioeconómico, laboral y familiar de las niñas, niños y adolescentes trabajadores de las principales ciudades de México.

[2] Esta entrada de blog surge del análisis de estas investigaciones y de mi experiencia en la amistad con poblaciones callejeras. Véase la bibliografía al final del texto.

[3] Todo aquello que aglutina dicho concepto: individuos que se la viven en la calle -pensemos cómo popularmente se dice que uno anda de vago cuando en todo el día no ha estado en casa; sujetos que no tiene disposición para trabajar o realizar alguna tarea que requiera cierto esfuerzo o que no les interesa tener un compromiso. Con esto quiero decir que no necesariamente son llamados así, pero la idea que se tiene de ellos se puede describir con el concepto de “vago.”

[4] Rosió Arroyo Casanova, Niños de la calle: desarticulación entre la política pública social y derechos humanos en el Distrito Federal, Tesis de sociología, UNAM, 2007.

[5] El Caracol A.C., Relatoría especial sobre el derecho a una vivienda adecuada, México, 25 de septiembre de 2015: “La categoría social poblaciones callejeas [sic] alude al carácter activo de las personas que sobreviven en las calles, quienes han generado una cultura callejera.” También Cfr. Ednica, Niños, niñas, adolescentes y jóvenes en situaciones de calle. Elementos para repensar las formas de intervención, México, Editorial Lenguraz, 2008.

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