Serie coordinada por Gabriela Martínez Sainz con contribuciones de Rafael Arvizu, Ligia Bedolla y Ximena García.

¿Por qué las personas deciden participar en la vida política de un país? ¿Qué factores los motivan a participar en una marcha, a hacer voluntariado o a apoyar ciertas causas?¿Por qué eligen participar de determinada manera y qué significado tiene para ellas involucrarse con determinadas causas?¿Qué esperan conseguir por medio de la participación política? Estas son algunas de las preguntas que surgen al analizar las causas y consecuencias de los diferentes medios por los cuales los ciudadanos participan activamente. Cuando se habla de participación política es común pensar en los procesos e instituciones que hacen posibles los movimientos sociales o que dan espacio para la participación, sin embargo son las personas las que dan forma a estos movimientos, procesos e instituciones. Son ellas las que construyen la ciudadanía por lo que sus vivencias y puntos de vista deben colocarse al centro de la discusión y del análisis sobre participación ciudadana.

El estudio de la participación política, permite enfocarse en las experiencias de las personas involucradas activamente en diferentes medios de participación ciudadana y, a partir de sus sus propias narrativas, comprender mejor las formas en que los ciudadanos influyen en el panorama socio-político de un país. Es por esto que, como parte del proyecto del CEDH Mx sobre “Construcción de discursos de ciudadanía” invitamos a diferentes personas a narrar sus propias experiencias de participación política con el objetivo de comprender mejor las causas, alcances y limitaciones de estas participaciones y su papel en la construcción de una ciudadanía activa. En esta primera entrada de la serie, Rafael, Ligia y Ximena narran con sus propias palabras sus experiencias en la marcha del 26 de Septiembre en memoria de los 43 maestros normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, México:

– Rafael Arvizu: Sociólogo, profesor de medios y procesos de información en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y columnista de opinión para Amnistía Internacional y el periódico “Nuestro México”.

– Ligia Bedolla: Maestra en Pedagogía con experiencia docente en nivel primaria, secundaria, bachillerato y licenciatura así como en el trabajo comunitario. Actualmente representante de la Red Pedagógica Contemporánea.

– Ximena García: Socióloga, experiencia en la evaluación de proyectos comunitarios en SEDESOL, y actualmente coordinadora de proyectos en la asociación civil Ayuda a la Iglesia que Sufre para implementar estrategias de apoyo a las sociedad vulnerables latinoamericanas.

Los tres, jóvenes interesados y convencidos de que se puede construir un mejor mundo para todos y para cada uno partiendo de la reflexión crítica de nuestra historia y nuestro presente para proponer cómo trabajar por un mejor mundo para todos y para cada uno.

 

El caso de Ayotzinapa

Es difícil asentar un antecedente histórico para el caso Ayotzinapa que no esté relacionado con la vida política y económica de México, sobre todo cuando el quehacer político, que también incluye las omisiones políticas y la ausencia de Estado y Gobierno para muchas regiones del estado de Guerrero en por lo menos quinientos años, se halla vinculado a grupos criminales que también incluyen a los sectores empresariales. El trabajo mediático siempre ha estado volcado en reconciliar la imagen pública de la clase política sin enfrentar los problemas base que propiciaron que éste y muchos otros eventos terribles en la actualidad mexicana y, al mismo tiempo, incluso la denuncia social versa en el mismo círculo de manera inconsciente retomando aspectos de la vida política que sin embargo se mantienen en el aire a lo más con un espíritu conmemorativo: la solidaridad, la manifestación pacífica y la acción política virtual.

La vida social en México siempre ha estado atravesada por los intereses políticos, últimamente más densamente entrelazado con los económicos y con las demandas del mercado. También el surgimiento de las Escuelas Normales Rurales formaron parte en un principio de un modelo de planeación política al que se inscribió la población de principios del siglo pasado, que aceptó sin que necesariamente estuviera de acuerdo en plena conciencia. Con el paso de los años los planes y reformas políticas, especialmente después de los años 80 con la instalación de los paradigmas neoliberales que desde entonces aceleran sus procesos, colisionaron con los planteamientos filosóficos y las cosmovisiones que daban respuesta a tipos específicos de vida que entonces, con el auge económico que caracterizó la novedosa implantación del modelo no sólo escapaban a la vista de los proyectos nacionales sino que fueron omitidos y negados por la vida política del país. Después, con la creciente oleada de crisis económicas y la prisa por cubrir las expectativas de crecimiento y desarrollo la vista de la clase política y del empresariado nacional se posó en horizontes más alejados y entonces los pueblos, que habían construido modos de vida paralelos hasta cierto punto con las perspectivas centrales, comenzaron a estorbar. Desde entonces la voracidad por utilizar sus recursos naturales y su mano de obra en favor de la economía global ha hecho propicio un clima de violencia que hasta ahora, gracias a las tecnologías de comunicación y a las redes sociales sobre todo, han podido visibilizarse y hacerse propicias para la denuncia empero con el empuje desinformativo, subinformativo, hiperinformativo o de omisiones por parte de los monopolios de comunicación como opiáceos a los procesos de cambio social.

Un Estado que no ha procurado jamás la agenda de fondo en la constitución de la vida pública mexicana y que ha dejado pasar siempre de largo las problemáticas sociales que “no afectan” al centro es necesariamente imbricador y cómplice de las múltiples muertes y atropellos de derechos humanos que a lo largo de la historia conformaron el terreno propicio para desaparecer no sólo a 43 sino a 26000 personas más (por hablar de uno de los crímenes entre una larga lista).

El 26 de septiembre de 2014 fue una fecha más al cúmulo de eventos violentos que los mexicanos sufrimos y de los que somos parte. Actos violentos suscitados por la clase política de este país. Lamentablemente clase política que no nos representa.La pregunta es: ¿hasta dónde llegará esto? ¿Cuántos ciudadanos seguiremos peleando y nos seguirán callando? Somos parte de este Estado, somos las lágrimas de los que lloran a los desaparecidos, somos los gritos de las asesinadas, somos la desesperación de los hambrientos, somos el coraje de los niños de la calle, somos el sudor de las madres y padres, somos los jóvenes de este país que no nos cansamos y que seguiremos luchando por una verdadera representación de gobierno.

 

Ximena García:

Llegó el 26 de septiembre del 2015, un año ya de la desaparición de 43 normalistas, de varios heridos, de un hombre con la cara arrancada, de Aldo en el hospital en estado de coma; un año de lucha de amigos, hermanos, compañeros, padres, envueltos en mucho dolor, enojo, y aún con la esperanza de volver a ver un día a sus hijos; un año que muestra a México y al mundo, no sólo los alcances inhumanos y cínicos de un Estado que mata y desaparece a su antojo con toda la fuerza de sus policías e instituciones, sino además la incapacidad del gobierno de voltear siquiera a ver a sus ciudadanos, para buscar una verdad histórica, no la prostituida, manipulada y mentirosa de Murillo Karam, la verdad histórica que llevamos pidiendo a gritos y en la calle un año ya miles de mexicanos.

Así, conmemoramos y recordamos a los normalistas hombro a hombro y codo a codo, en una muestra infinita de solidaridad, gritábamos al ver pasar a los padres de los 43: no están solos, no están solos; y eso dijo la tan simbólica Reforma, desde el Museo de Antropología hasta el cruce de Insurgentes (según los reportes en Twitter y los mensajes de los muchos amigos que quedamos repartidos a lo largo de la marcha), miles de mexicanos salimos a las calles y nos juntamos a demostrar que la lucha continúa, a levantar la voz en la exigencia de justicia, a gritar que no nos hemos cansado; se llenó el Centro Histórico de muestras de enojo, de desesperación, de lucha; hombres, mujeres, jóvenes, niños… estudiantes, obreros, anarquistas, maestros, padres, madres, trabajadores, sindicalistas, todos, juntos, gritando consignas, inventadas desde la realidad pero con toda la creatividad que surge de la alegría de imaginar unirse al “otro” con ellas, de gritarle al mundo lo que pasa en México y que en medio de mucho dolor, aquí estamos, que nos sumamos en la lucha de un mejor lugar para vivir, que no olvidamos, que pese a la lluvia, a las amenazas, a los policías, al tráfico, al miedo, a la desesperación, ¡Ya volvimos a salir!, y que se queda en la construcción de la historia las muestras de apoyo, las largas caminatas, la gente en las calles, los muros pintados, la tristeza que corroe, no sólo por los 43, sino por los miles de muertos y desaparecidos, por los pobres, por los olvidados, y que a pesar de tanto dolor, nos junta la esperanza de ser más y más los que soñamos y caminamos junto al otro para hacer de este un mejor país.

 

Rafael Arvizu:

Despertar, respirar, estar vivo ya de por sí tiene muchas implicaciones y, por la dinámica de la vida –a propósito de la cual no se nos pidió opinión y con certeza podemos vaticinar que no se nos pedirá–, a menudo se hacen invisibles múltiples factores que van condicionando nuestra existencia y, en buena medida, nuestras cosmovisiones, alegrías e incluso temores. Ese cúmulo de posibilidades y negaciones están ahí afuera al mismo tiempo cercanas y ajenas a todos y a todas, en buena medida inamovibles y restrictivas, aunque de libertades se disfracen.

Salvador Allende hace algunos años puso de relieve la naturaleza humana a través de una frase que, sin embargo, se estrelló con las vicisitudes del lenguaje que innegablemente nos define epocalmente y que muy a modo denotan ese mismo carácter humano en lo político; lo económico; lo lúdico; lo apasionado y apasionante, el poder y la necesidad de ser, etcétera. Esa frase es a la vez evidencia y exhorto: “ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica” dijo y la frase que acompañó a muchas otras acciones en congruencia empero lo condujo a la muerte física y a la vida eterna también. El problema entonces era manifiesto –y lo sigue siendo–, la frase acoge dos palabras que hacen mucho ruido en la estreches del pensamiento que delimita nuestro lenguaje, éste que es símbolo y que tiene significado cuando se estampa con la piedra y el pasto y la naturaleza y la calle y la gente: “revolución” y “juventud”.

Este mundo del que hablamos posee, cercana y ajenamente, una forma de organización que tiene por meta el que sigamos caminando sobre la faz del planeta y, al menos hace quinientos años –y al parecer lejos de nuestra memoria–, un particular acomodo que sitúa a algunos y algunas con facilidades frente al desarrollo respecto a los y las otras; pero este tema y la palabrita “desarrollo” ya los dejaremos para otra ocasión. En este contexto, hablar de revolución como sinónimo inmediato de cambio resulta incómodo.

Si reflexionamos sobre la palabra “cambio”, ésta nos remite primero a la capacidad creativa y de planeación inherente al ser humano; aquello que en otros instantes es denominado “arte” y que significa la sublimación de lo que –más allá (nada más) de lo biológico– nos configura como personas y que presume de antemano un sinfín de accesos y lanzamientos al desarrollo entendido desde la misma diversidad que nos expone como seres infinitamente nutritivos. Este talento –hasta que la economía termine de oscurecer sus terrenos– se encuentra mucho más a flor de piel en esa bellísima etapa a la que decidimos llamar, no sólo racional sino emotivamente, “juventud.”

Por ser joven podemos entender un momento en plenitud de oportunidad para mirar, detenerse, hacer y deshacer; inventar y reinventarse en ese instante en el que todavía –y lo digo como previendo una amenaza– se acepta y se comprende y cobija socialmente la energía del error o del acierto. Pero no quisiera generalizar: hay también las latitudes que ya de por sí no lo hacen o donde a los jóvenes se les ha extirpado esta posibilidad a fuerza de pobreza o políticas exacerbadas de autoridad y poder –por citar algunos ejemplos– y desde donde, no obstante, aun así nos abrimos paso.

En México, donde de por sí es difícil cuestionar y hacerlo se traduce en el cobro de vidas a la sombra del silencio de los medios de información dominantes, ejercer la objeción siendo joven es peor aún, no sólo relegando un vacío legal sino legítimo; donde el castigo puede caminar desde el rechazo social hasta el homicidio impune y masificado terroríficamente bajo eufemismos inapelables e investidos de sensaciones empero distantes de progreso.

El aciago se construye en la concepción popular, teniendo como base el miedo que representa la vitalidad y la capacidad no sólo de proyección sino de acción frente a los intereses minoritarios, la justificación de medidas represivas del cambio criminalizando al joven y a la juventud…

¡Criminalizándonos! …

 

Ligia Bedolla:

Me olvidé de mí, me dejé absorber por la ideología conservadora, lineal y restringida de nuestra sociedad mexicana; pensar en el joven, aquel muchachito rebelde del bachiller, el que de la vida, no sabe nada, aquél que sólo se dedica a soñar, el que cree el mundo puede cambiar; ay, ese joven que no comprende las obligaciones y responsabilidades de la vida adulta, donde soñar cuesta caro. La realidad se me nubló, me ensordecí y me dejé envolver por las palabrerías.

26 de septiembre de 2014 sonaba entre la multitud, se leía, se cuestionaba, se decía, se inventaba, algo me hacía sentir: terror y desesperación. Día en que ocurre la desaparición forzada de los 43 normalistas de la Normal Isidro Burgos en Ayotzinapa, Guerrero. Noche en la que policías mataron, lastimaron y en la que se llevaron la vida y tranquilidad de decenas de personas. Momento que sacudió a todo México, y que nos hizo –hace– recordar y cuestionar sobre lo que somos. A un año de este crimen, el olvido no nos alcanzó, ni alcanzará; los mexicanos continuamos levantando la voz. El 26 de septiembre de 2015 se convocó a una gran marcha, el reclamo, el enojo y la exigencia se recrudecieron en mí, pero, lamentablemente seguía absorbida por la ideología conservadora; me limitaba a incomodarme sin más. Sin embargo, el 26 por la mañana decidida me aventuré a asistir a la marcha desde la lucha ciudadana. Al llegar me impresionó la cantidad de gente que éramos, no fuimos soledades en multitud, nos convertimos en unidad, en una misma lucha, en un mismo mexicano. Pero… Aún yo, sentía que dentro de mí, la esperanza moría.

Al llegar me quedé parada sobre Reforma para observar a todos los contingentes, así vi pasar a la sociedad civil, a los campesinos, a normalistas de otros estados, a las enfermeras, a las feministas, a los católicos, al movimiento por la paz; un ambiente de tranquilidad se respiraba, sólo unos cuantos policías se mantenían en la avenida para asegurar la “seguridad” de la marcha. Lo primero que me sorprendió fue el contingente infantil, marchando y gritando al unísono de todos los demás ciudadanos, “el niño consiente, se une al contingente.” Ellos se mostraron con convencimiento y sabían que eran observados. ¿Niños en una marcha? Pero, ¡qué peligro! Pues para ellos no lo era, allí estuvieron y reafirmándose iban junto con todos. Yo grité ‘¡Esperanza! México sí puede cambiar.’


Un sentimiento comenzó a aparecerme, más allá de la inconformidad, soñé e imaginé un mundo mejor para todos y sí, para cada uno. ¡Qué locura!, por qué un sentimiento tan infantil, tan de chavito me inundaba, estaba contagiada por la emoción, de entre tantos, hacer posible eso que de lejos se ve imposible. De pronto, mientras retrataba al contingente de niños, comencé a escuchar más y más gritos, las voces se triplicaban, cuadriplicaban, parecía que la tierra temblaba. Cuando miré atrás comprendí: eran los jóvenes universitarios que ya venían marchando. Al verlos, sentí que me llenaba de energía, quería correr y sumarme a su grupo, pero me detuvo el pensar que yo no era joven. Qué vitalidad, qué entrega, vaya decisión que mostraban en su caminar. El primer grupo que alcancé a distinguir fue a la UACM, después los anarquistas, detrás venía la UAM y el IPN; nuestra juventud había llegado. Fue tanta mi emoción que comencé a grabar, mientras lo hacía, ¡oh sorpresa!, el regalito que tenían preparado:

Ni perdón, ni olvido. La juventud, todos diferentes y unidos estamos. #ayotzinapa #lucha #43

Un vídeo publicado por @ligiacolorida el

¿¡Filas de Policías!? Sí señores, así como lo observan. Muchos podrán decirme, claro fue para albergar la seguridad de la marcha, fue para protegerlos, pero, ¿en el fondo qué nos mostraron? … Cierto es que en esta ocasión, y hasta ese momento, estaban vestidos como policías de tránsito, no fueron granaderos. Podríamos decir que “violencia” directa no estaban ejerciendo, estaban parados, recordándonos, de alguna manera, que habría que “portarse bien;” que son capaces y están autorizados a “actuar” en contra de la multitud. Así, emergió el recuerdo de lo que pasó aquellas noche, policías matando a estudiantes, impunes, instruidos, obedientes. Un sentimiento de ira también me invadía, cómo era posible esa cantidad exacerbada de policías para “mantener la seguridad” alrededor de los contingentes universitarios. Entre líneas el mensaje era: los jóvenes son peligro, los jóvenes son desastre, los jóvenes son violencia, ahí es donde el poder debe prevalecer.

¿Qué podemos esperar de una sociedad que criminaliza a su juventud? ¿De un gobierno que clasifica a la juventud como violenta, como riesgosa del progreso? De eso, sólo nos queda esperar la muerte, porque si la juventud daña, el futuro no se construirá.

Pero, ellos, olvidan que…

Hay un tiempo para la ira y un tiempo para la esperanza. La ira conduce a indignarse, a organizarse y a separar los oprimidos de los opresores cualesquiera sean sus colores, sus promesas o sus vestimentas. La ira exige razonar y organizarse en justicia, libertad y autonomía. Este es el tiempo de la indignación y de la ira. Después de la ira viene la esperanza.[1]

Así, mi ira iba acompañada también de esperanza y me convencí de que yo también era joven. Me sumé a esa lucha llena de coraje, lucha rebelde, transgresora, loca, desafanada, a esa lucha utópica y para muchos irreal, sí, a la de nosotros los jóvenes que creemos, y trabajamos por construir un país mejor para todos y para cada uno.

A los jóvenes (a los estudiantes, a los profesores, a los niños, a los viejos, a los padres, a las madres, a los que nos asumimos jóvenes), nos queda mucho por hacer. En la educación está la propuesta de cambio, sí, en la educación de los niños, niñas y jóvenes mexicanos se deposita la esperanza. Sigamos soñando, dejando soñar y enseñando a soñar con la utopía de un mundo mejor; aventurémonos en la acción, en la protesta y en la propuesta; nos queda unirnos, reafirmar nuestra juventud revolucionaria, cambiante, apasionada.

Aquí está una de las tareas de la Juventud, impulsar, dirigir con el ejemplo la producción del hombre del mañana, y en esa producción y en esa dirección está incluida la producción propia, porque nadie es perfecto ni mucho menos, y todo el mundo debe ir mejorando sus cualidad mediante el trabajo, las relaciones humanas, el estudio profundo, las discusiones críticas, todo eso es lo que va transformando a la gente. […][2]

… La juventud, nuestra juventud… La juventud es lucha de un mundo mejor.

 

 


[1] Adolfo Gilly y Rhina Roux en http://www.jornada.unam.mx/2015/10/26/politica/012a1pol

[2] Discurso en la clausura del seminario “La juventud y la Revolución,” organizado por la UJC del Ministerio de Industrias, 9 de mayo de 1964. Ob. cit., t. 2, pp. 308-318. Consultado en http://marting.stormpages.com/chejuventud.htm el 10 de octubre de 2015.